jueves, 25 de julio de 2013

El mundial en la montaña: Rafael Ortega vs "Uco" Lastra



Para LV

Cuando Cecilio “Uco” Lastra era paseado en hombros tras coronarse campeón mundial del peso pluma, versión Asociación Mundial de Boxeo ( AMB o WBA), por los estrechos pasillos que dejaban libres las sillas de ring del Recinto Ferial de Ganados de Torrelavega, culminaban unos vertiginosos meses en los que había tenido cabida la profunda decepción y, ahora, la gloria. Quizá representa el círculo que suele ser la vida, caracterizada por lágrimas de dolor e impotencia seguidas de otras de felicidad. Así de forma cíclica.

Esa noche, en pleno éxtasis, también se encontraba el otro protagonista de la historia, el mánager y promotor pugilístico (entre otras muchas cosas) José Luis Martín Berrocal, que conseguía tener un campeón mundial. Compartido, pues para esta velada había ejercido la co-promoción junto al hermano del boxeador. A él se le debe buena parte de la revitalización del boxeo español de la segunda mitad de los años 70, cuando se hablaba de una fuerte crisis en el mismo. Vientos de cambio en todos los sentidos, ya que la democracia española comenzaba a andar y el 15 de junio habían tenido lugar las primeras elecciones desde 1936.

"Uco" Lastra
Cecilio Lastra, nacido en Santander (en el barrio de Cueto) el 12 de agosto de 1951, se había coronado campeón de España del peso pluma en la capital cántabra, al derrotar al conquense Isidoro Cabeza por puntos en 12 rounds, en marzo de 1977. Llevaba tan sólo 16 meses de carrera profesional, si bien había realizado más de 120 combates en el campo amateur. Sólo tenía una derrota, cosechada ante el luego famoso Carlos Hernández y victorias ante hombres como Rodolfo Blanco, García Marichal o Guy Caudron, en el que consideraba mejor combate de su carrera en vísperas de la oportunidad mundialista.

Todo esto lo había colocado como aspirante al título europeo que estaba en posesión del púgil nacido en Membrilla (Ciudad Real), Pedro “niño” Jiménez. Pero antes, “Uco” tenía programada una defensa de su cinturón de España, lo que llevaría a cabo ante su gente el 20 de agosto. El rival, un emergente y pegador boxeador leonés, Roberto Castañón, al que había derrotado en amateur por abandono en el primero. En un dramático y fabuloso combate, el aspirante caía un par de veces y Lastra un total de 5, incluidas las tres en el asalto 11 que llevaron al TKO. Castañón se proclamaba nuevo campeón nacional, continuando una rivalidad que tendría un par de episodios más.

Antes de la pelea contra Ortega, Lastra confesaba que esa había sido su noche más triste. Y la desgracia no vino sola, ya que poco después la EBU anunciaba que le retiraba la condición de aspirante al título, que recaería en su verdugo. Para terminar de enredar la situación, Pedro Jiménez perdía su siguiente defensa, en septiembre de 1977, con otro excelente pluma español, Manuel Massó, también conquense  afincado en Barcelona (de hecho, los pueblos de Massó, El Pedernoso, y Cabeza, Las Pedroñeras, están al lado). En poco tiempo, de un futuro campeonato de Europa entre Jiménez y Lastra se pasaba al Massó vs Castañón, combate que tuvo lugar en Barcelona un día antes que el mundial del cántabro y que proclamaría al gran Roberto Castañón como campeón de Europa.

Como hemos apuntado, el gran artífice fue José Luis Martín Berrocal. Madrileño, su familia era la propietaria de la empresa de transportes La Sepulvedana. A principios de los 60 se inició como empresario taurino con la gestión de la plaza de toros de San Sebastián de los Reyes y también fue apoderado, ganadero e incluso llego a estar al frente de la gestión de Las Ventas. Además, una de sus hijas llegó a casarse con un torero y se hizo asidua (y sigue siéndolo) de las revistas de papel couché. Pero Martín Berrocal también estuvo ligado al mundo del deporte, por ejemplo como presidente, en los 60, del Recreativo de Huelva (creándose bajo su égida el Trofeo Colombino) e incluso intentó ya en el siglo XXI salvar, sin éxito, El Logroñés.

Pero quizá sea más recordado, en el ámbito deportivo, como mánager y promotor. La verdad es que allí donde pudiera haber dinero, Martín Berrocal siempre aparecía. Hombre muy dinámico, de grandes ideas, muy impulsivo, intentó sacar campeones europeos y mundiales en serie realizando grandes inversiones para el boxeo en nuestro país. Durante esta etapa su principal efectivo era el hispano-uruguayo Alfredo Evangelista, que había peleado con Alí  y que volvería de su mano al Madison Square Garden. También tenía otras figuras como el indomable y polémico Perico Fernández.
 
Martín Berrocal en sus últimos años

A finales de agosto, el match maker hizo un viaje por diferentes países latinoamericanos con un plan impresionante: intentaría cerrar las defensas de tres campeones mundiales en territorio español. Así, la primera idea era enfrentar a Alfredo Escalera contra Antonio Guinaldo por el título Superpluma del WBC (Consejo Mundial de Boxeo), a Kid Pambelé (Antonio Cervantes) con ”Dum-Dum” Pacheco siempre que este pudiera dar el peso (Superligero WBA) y a Rafael Ortega con “niño” Jiménez (WBA pluma). Este, sin embargo, afirmaba que estaba más cerca de pelear con Danny López, que era el campeón pluma de la otra organización, el WBC (el "coloradito" López sería más tarde verdugo de Castañón y perdería el título con el mítico Salvador Sánchez).

A pesar de que Berrocal no cerró ninguna pelea en un primer momento, lo que supuso una decepción para todos, a principios de octubre se informaba de que había logrado un acuerdo con el equipo del panameño Ortega para defender en nuestro país, posiblemente el 19 de noviembre. La pelea fue ofrecida por el promotor a Manuel Massó, que se había proclamado dos semanas antes campeón europeo, pero su gente creyó más sensato afianzar el título continental. Después, se le ofreció al leonés Castañón, campeón de España y al que Martín Berrocal llevaba tiempo siguiendo para valorar la incorporación a su “cuadra”. Este estaba a punto de cerrar, precisamente, su pelea obligatoria con Massó, por lo que también lo rechazó. Este combate ya citado, Massó vs Castañón fue también conocido porque el leonés dijo no a una gran oferta, se fue a subasta y al final ganó una bolsa mucho menor y tuvo que ir a Barcelona a pelear (Soria era el manejador del campeón).

 Sin púgil que oponer a Ortega, al final hizo la oferta a Lastra, que aceptó casi sin hablar de dinero. De hecho, trascendió lo que cobraría el panameño, 4 millones de pesetas (que al parecer fueron más), pero no lo del cántabro. El combate fue trasladado de la fecha inicialmente prevista al 17 de diciembre, y el lugar elegido fue Torrelavega, pues se podría realizar en el Recinto Ferial del Ganado, pudiendo dar cabida a unas 6.000 personas. Aproximándose la fecha, Martín Berrocal amenazó con llevarse a Bilbao la velada, ya que los gastos de alquiler del local eran muy elevados (500.000 ptas de la época). Finalmente, una reunión permitía el acuerdo entre las partes y se podría celebrar en la ciudad cántabra con un presupuesto de 8 millones, figurando como co-promotores Martín Berrocal y el hermano del púgil, José Lastra. Las entradas oscilarían entre las 4.000 y las 600 pesetas.

Rafael Ortega era un púgil, panameño, muy particular. Apodado “el brujo”, él decía que se podía deber  a que había realizado algunos combates en los que, tras ir perdiendo, remontaba. Cuando le preguntaban, respondía que se había hecho boxeador casi por necesidad, ya que era de una familia muy humilde. Además, no recomendaba que los niños quisieran ser boxeadores, sino que los animaba a estudiar y buscarse la vida por otros lares. Era un púgil correcto, técnico pero de poca pegada. Había debutado en el campo profesional en enero de 1970 y no había enfrentado a gran oposición, excepto quizá un Chucho Castillo hacia el final de su carrera y con el que perdió.

El campeón que no lo hubiera querido ser
Tenía un récord de 21-2-5 cuando alcanzó la oportunidad de pelear por el título que había dejado vacante el genial Alexis Argüello cuando subió de categoría. Así, en Enero de 1977 se enfrentaba al también nicaragüense Francisco Toro Coronado (14-9-0), quien realmente no tenía méritos claros contraídos para luchar por un título mundial. Pero la WBA, que en 1974 había dado un golpe de timón y en la que los dirigentes latinos se había hecho con el control (liderados por dos panameños), quizá tuviera un pequeño trato de favor. En pelea cerrada, “el brujo” se proclamaba campeón mundial. En mayo, se desplazaba hasta Japón para hacer la primera defensa, derrotando también por puntos a Flipper Uehara, en la que posiblemente fue su mejor pelea.

El sentir generalizado era que el combate sería difícil pero que no se trataba, ni mucho menos, de un rival inalcanzable como lo había sido el mexicano Carlos Zárate, quien el 7 de diciembre había peleado en el Palacio de los Deportes, con el título gallo WBC en juego y le habían bastado cuatro rounds para derrotar a Juan Francisco Rodríguez, en otra velada con Martín Berrocal de protagonista. El gran campeón mexicano había venido a sustituir a otras figuras anheladas como los citados Pambelé y Escalera (combate merecedor de una futura entrada en el post).

Una vez que los contratos estuvieron redactados, sólo quedaba resolver alguna cuestión. Entre ellas, que la WBA aceptara la pelea, pues “Uco” no se encontraba incluido entre los 10 primeros de su clasificación. También la Federación Española de Boxeo tuvo que acercar posturas con el organismo, pues hasta el momento el reconocimiento de nuestro país era hacia el WBC, a pesar de que José Durán ya se había proclamado campeón del mundo en Japón. A principios de diciembre, en los nuevos listados de la WBA, el español aparecía “milagrosamente” en el puesto nº 10, con lo que se daba luz verde al combate, si bien Elías Córdova (uno de los máximos dirigentes) establecía que el ganador debería defender obligatoriamente con Eusebio Pedroza.

Lastra se concentró para el combate cerca de Madrid, en Torrelodones. Su entrenador habitual era Victoriano Diego y, en ocasiones, también había colaborado en su acondicionamiento otro exboxeador santanderino: el excampeón de España del superligero José Luis Torcida. Pero Berrocal quiso que estuviera cerca de su gente de confianza, cuya cabeza visible era un joven y luego mítico Martín “Búfalo”, así que compartió gimnasio con Juan Francisco Rodríguez o… Roberto Castañón, que ya estaba bajo la influencia del promotor. El 8 de diciembre llegaba a España “el brujo” Ortega, para partir de Madrid a Santander y hacer allí el entrenamiento final.

Lastra en pleno entrenamiento

Ambos púgiles se vieron las caras por primera vez el miércoles anterior al combate, ya en el Hotel Rin de la capital cántabra. Hubo duelo dialéctico pero sin ningún tipo de alteración y reducido a yo ganaré y formalismos así. El panameño, medio riendo, dijo de Cecilio que “vaya pequeñajo”, pues le sacaba más de un palmo de estatura. El español le espetó: “Lo siento pero voy a romperte. El título se queda aquí: en la montaña”. Lo cierto es que ambos eran dos tipos estupendos, humildes, sensatos. Mientras tanto, la ciudad se preparaba para el evento, en especial el recinto: sillas, ring, adaptación de vestuarios, taquillas… 6.500 personas se calcula que asistieron (más de las permitidas inicialmente, incluso),  en una ciudad que entonces rondaba los 50.000 habitantes pero que disponía de una buena posición económica para la España de la época. De hecho, era conocida como “la ciudad del dólar”.

Tras los combates preliminares, donde Pedro Jiménez derrotaba al local Antonio Alonso Sanmiguel y Vicente Rodríguez a “Kiko” García, llegó la hora de la verdad. Como árbitro con derecho a puntuación, el venezolano Jesús Celis; los otros dos jueces, el panameño Medardo Villalobos y el español Jesús Bermejo. El combate empezaba y Lastra, al que todos daban posibilidades si se anotaba la victoria por la vía rápida, salió con gran empuje, demostrando que si se tenía que dejar la vida sobre el ring, lo iba a hacer. Pronto sorprendió a Ortega, quien quedó desconcertado por la valentía del español y su boxeo de zurdo, algo que lamentablemente desconocían en su equipo (habían trabajado con sparrings diestros).

En una de las ocasiones que “Uco” arremetió contra su rival, en el tercero, una mano izquierda nítida al mentón mandó al panameño contra las cuerdas y, sin estabilidad, a la lona. El júbilo se disparó, aunque Ortega logró vencer a la cuenta y la campana impidió que Lastra finiquitara la contienda. Si hasta el momento el campeón había realizado un combate poco fluido, esto se iba a agudizar. Abusó del clinch, intentado que el santanderino se desquiciara y no pudiera meter sus manos, usó alguna que otra argucia fuera de reglamento para desquiciarlo… pero el que conseguía puntuar era el aspirante, que lanzaba una y otra vez esa izquierda (quizá poco ortodoxa) en la que se dejaba el corazón.

Momentos previos al campanazo inicial
Con el pasar de los rounds el combate fue equilibrándose, con un Ortega que lograba meter su derecha, aunque poco dañina, e imponer su gran juego de piernas: caminaba bien el ring, metía alguna izquierda abajo, pero cuando el español atacaba, directamente se agarraba. “El brujo” parecía que podía ejercer como tal y dar la vuelta al combate, especialmente en los rounds 11º y 12º, ampliamente dominados por su parte. Sin embargo, el montañés nunca desfalleció, y con el apoyo de un público que jaleaba cada una de sus acciones, llegó al round final dando la cara. Tras finalizar el 15º, el clima era de plena confianza en la victoria del español. Se anunciaron las tarjetas y el Recinto Ferial estalló, si era posible hacerlo más: Cecilio “Uco” Lastra era el nuevo campeón del mundo. El séptimo español que lo conseguía.

Ortega, casi inmediatamente, anunciaba su retirada. Como hemos dicho no le gustaba el boxeo y ya había conseguido, además de una muy buena bolsa, el sueldo mensual vitalicio que su país otorgaba a todo campeón mundial (unas 25.000 ptas españolas de la época). Por su parte , tras un par de negociaciones que quedaron en nada, perdería el título (aunque ganaría una buena y merecida bolsa) en su siguiente combate contra el retador obligatorio, el citado Eusebio Pedroza, cuya leyenda empezaría ahí. Sirvan estas palabras como homenaje al valeroso púgil cántabro, al que un puñado de “locos extraordinarios” andan estos últimos meses reivindicando y ofreciendo un reconocimiento más que merecido.






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